El monte de las ánimas
¿Recordaría, alguna
vez, la fatal necesidad del hombre de fechar el tiempo; la insensatez de oponer
una efusiva cronología al tiempo; de medir lo que no se mide; de fraccionar el
tiempo que es anterior a todas las muertes del hombre; de detenerlo para que, a
partir de una cifra, se pueda rehacer la vida, el destino, los sueños? Andrés
Rivera, En esta dulce tierra
El día que visitamos el Monte Longdon, la batalla se desplegó ante mí como uno de esos libros infantiles en los que las dobles páginas se hacen castillos y ciudades y casas embrujadas. Tantas veces había leído los episodios de la lucha por esa altura, una de las más sangrientas de la guerra, que sentía que pisaba terreno conocido. El Longdon es una elevación alargada salpicada de rocas, con una gran olla en el centro. La cresta Oeste está formada por una serie de hojas paralelas de rocas grises entre las que hay algo parecido a corredores. Hacia el Norte, una de esas rocas se transforma en un pequeño acantilado que da a una ladera herbosa que desciende ondulando hacia el Murrel. Más hacia el Este, está el Wireless Ridge, que también estuvo defendido por el Regimiento 7 y que fue atacado el día 13, luego de la victoria británica en el Longdon. Bien protegidos entre las rocas del Wireless, pero bajo bombardeo desde hacía días, los infantes argentinos presenciaron la noche del asalto sobre el Longdon, cuando las trazadoras, las bengalas y los gritos inundaron la noche de Malvinas.
El monte era la llave para la defensa de Puerto Stanley. Al
Sur, está el Monte Tumbledown, defendido en 1982 por el Batallón de Infantería
de Marina 5, el BIM 5, la envidia de los conscriptos de Ejército famélicos
porque tenía su propio sistema de suministros. Más lejos, hacia el Suroeste,
asoman las dos puntas del Monte Dos Hermanas. Las precisiones, por supuesto, es
mucho más fácil darlas hoy. En 1982, muchos de los soldados no sabían exactamente
dónde estaban, y además su área de influencia se redujo a unas pocas decenas de
metros de sus posiciones. Otros pensaban que las islas Malvinas eran parte del
Continente, que podían desertar y volverse caminando a sus casas.
El paisaje ayudaba a mantener esta idea. Parado sobre una de
las rocas más altas del monte contemplé una vasta planicie que se extendía
hacia el Oeste, atravesada sólo por las alambradas que delimitan los campos
minados que sembraron los argentinos.
Desde allí llegaron los paracaidistas británicos a desalojar
a los argentinos de sus trincheras. El combate empezó poco después de las
veinte horas del 11 de junio de 1982, cuando ya era noche cerrada. Un atacante
pisó una mina y alertó a los defensores. Los argentinos tenían un radar
antipersonal, que había detectado movimientos horas antes, pero estaba
desenchufado pues ni bien lo ponían en funcionamiento atraía el fuego artillero
británico. De todos modos, cuentan que el día 10 fue inusitadamente soleado y
que desde las trincheras se podía ver el movimiento incesante de los
helicópteros británicos, amontonando equipos y soldados para dar el golpe sobre
el cerro.
Los ingleses encontraron una resistencia inesperada, y a lo
mejor por eso es que fue en el Longdon donde se registraron episodios de fusilamientos
de prisioneros y mutilaciones de cadáveres, denunciados entre otros por el
paracaidista inglés Vincent Bramley. Es cierto que el batallón que atacó a los
argentinos, el Tercer Batallón de Paracaidistas, venía con la sangre en el ojo
por la muerte de su jefe, el coronel Jones, en Darwin, donde también
encontraron una fuerte resistencia. Los paracaidistas, asimismo, son famosos
como tropas de élite. Y esa noche, y con todos esos antecedentes, la orden para
los británicos fue la de no prestar atención a las bajas.
El historiador inglés Hugh Bicheno publicó una excelente
descripción de la batalla, y afirma que durante la batalla del Longdon, “el coraje
se transformó en un lugar común”. El énfasis en ese aspecto de la batalla, con
episodios protagonizados por argentinos y británicos, no debe hacernos perder
de vista que fue en el Longdon donde los veteranos británicos denunciaron
diferentes violaciones a la Convención de Ginebra por parte de sus compañeros,
entre ellas el fusilamiento de alrededor de ocho prisioneros argentinos.
Probablemente el caso emblemático sea el del cabo Stewart MacLaughlin, que
condujo a sus hombres durante el asalto mientras gritaba que era a prueba de
balas. Murió tras los combates, alcanzado por la artillería argentina, y no recibió
la Cruz Victoria porque en la mochila le encontraron orejas cortadas a los
cadáveres argentinos.
No cuentan esto los guías que hacen el recorrido por la
antigua zona de lucha, pero sí la heroica actuación de Mac Laughlin y de otros.
Y si uno les llama la atención sobre el punto, apelan a la fórmula conocida por
los argentinos de los “excesos”, en este caso al calor de una batalla que fue
cuerpo a cuerpo, en la noche, sin distinguir amigo de enemigo. En todo caso,
combates como el del Longdon y sus secuelas de fusilamientos de prisioneros
inermes o el remate de heridos deberían servir para reflexionar sobre lo fútil
que puede ser defender la idea de que aún en la guerra existen reglas. Un
pensamiento y una seguridad cómodos en tiempos de paz, pero completamente
irrelevantes cuando pasiones más viejas, como la supervivencia, se ponen en
juego. Los sobrevivientes traen en sus memorias los verdaderos colores y
escenas de los cuadros que pintamos sobre la guerra.
El fuego que recibieron los asaltantes fue tan intenso que
muchos de ellos siguen con la idea de que había francotiradores entre los
argentinos. Los sobrevivientes del Regimiento 7 se ríen al saberlo, porque la
noche del ataque algunos ni siquiera tenían un fusil. Ellos, con poco más de
cuarenta años encima hoy, con hijos chicos o adolescentes y trabajos comunes, eran
los jóvenes conscriptos que esa noche enfrentaron el asalto.
Hoy vuelven a visitar las rocas que les salvaron la vida y
se cobraron las de otros tantos.
Zigzagueo entre las piedras al ritmo de la Historia. A
veces, porque me dejo guiar por el relato de Patrick; otras, porque dejo que me
arrastre mi propia historia, alimentada por los libros y las voces de los
protagonistas. La mayoría, porque los ex combatientes que visitan también el
lugar en el que casi dejaron la piel me llaman para que los acompañe en ese
regreso con sus evocaciones: veinticinco años después, una mano se introduce
con precisión en una grieta y encuentra un paquete húmedo e ilegible de
papeles-cartas que ya no leerá nadie pero que el dueño recuerda perfectamente.
Por momentos, me olvido completamente del momento en el que
vivo. Sí sé perfectamente dónde estoy: en el Longdon. No puedo creerlo hasta
que toco las piedras o me arrodillo ante una pila oxidada, ante un peine
desdentado, fascinado por las historias que encarnan como el Mano de Oesterheld
frente a una cafetera.
Hasta que no rezo la plegaria profana del historiador frente
a un par de medias verdes que aguardan debajo de una roca a un dueño que ya no
se las va a poner nunca.
Hasta que una voz, de repente, me llama para seguir, me
recuerda que la guerra fue hace mucho, que no la viví, que sólo, a lo sumo,
puedo recordarla. Miro el panorama desde los restos de un parapeto argentino
que apunta al Norte: es una estepa desolada y hermosa, pero un segundo después
el sol que se pone la transforma en una piel amarillenta y enferma.
—Por allá vinieron.
—Desde acá disparaba yo.
—Agarraban el fusil así y me hicieron señas de que levantara
las manos.
—Por acá los bajamos, ¿ves? Los agarrábamos del uniforme, de
los pies y las manos.
—Los enterraron allá abajo, donde están las chapas.
Sin Historia no habría regreso posible a Malvinas.
Sin Historia, las Malvinas no serían las Malvinas.
En la cresta del Longdon hay una cruz y una placa, con un
libro de visitas, erigida en homenaje a las víctimas británicas del combate. El
metal de la cruz refleja los rostros que se reflejan fugazmente sobre él pero,
sobre todo, devuelve las nubes aceradas de Malvinas. De repente, un camarógrafo
argentino se cuelga de él con la camiseta de la selección nacional, para
sacarse una foto; pero desentona tanto con el lugar que él mismo se da cuenta y
termina pronto.
Además de ese monumento, hay pequeñas cruces blancas, adornadas
con amapolas rojas o pequeñas coronas de esas flores, que marcan el lugar donde
cayeron los británicos. Como chinches en un mapa, esos hitos permiten leer el
avance inglés, sobre todo cuando se amontonan en lugares específicos, cerca de
la cumbre, o en una pequeña planicie que lleva al borde superior de la olla del
Longdon, alrededor de la que estaban muchas de las posiciones de la compañía B.
Pero no hay recordatorios que indiquen el lugar donde
murieron los argentinos, salvo las voces de sus compañeros que relatan esas
muertes veinticinco años después. Ni siquiera son una tumba o una foto. Son
imágenes hechas de palabras, defendidas como bastiones por voces que se
quiebran, que se hacen opacas, pero que empujan firmemente el relato al
encuentro con el momento mismo que están narrando. Al entronizar a algunos idos
y condenar o maldecir a otros a pesar de muertos, los relatos de los
sobrevivientes ejercen un modo propio de justicia popular.
Claro que no es lo mismo contar las cosas en un café, en una
reunión anual, o para un libro, que allí, donde el frío pega, el viento te
puede hacer caer y las rocas muestran heridas de la metralla por todas partes.
Aquí, donde en el suelo hay tanto hierro como rocas.
Es fácil seguir las historias de los sobrevivientes porque
hay marcas de las defensas argentinas por
todos lados. Entre las piedras, como
un espinazo limpio por las hormigas y la lluvia, una hilera de argollas
oxidadas marca el lugar en el que una lona de carpa se quemó. Una maraña de
postes y alambres retorcidos es el lugar obligado para una fotografía; una
trinchera aún protegida de la lluvia por una chapa de zinc oxidada, también.
Pero lo que más impresiona son los restos de las posiciones argentinas, las
covachas. Porque prácticamente ninguna ha quedado en pie, pero todas son
visibles: un manchón de tierra y pasto más oscuros que el resto, agrisados,
hundidos en el terreno, o una serie de rocas artificialmente acomodadas y
aplastadas. Imposible no ver esas posiciones destrozadas y recordar que allí
vivieron los infantes argentinos, y que los ingleses usaban misiles antitanques
y bombas de fósforo para despejarlas. Esas manchas oscuras son un mapa de la
vida cotidiana de los defensores de esas posiciones durante la guerra.
Hacia las cinco de la tarde, el viento se embravece y comienza a oscurecer. A mis espaldas, al Este, se ven las luces de Puerto Stanley, igual que las vieron mis compatriotas hace veinticinco años. ¿Cómo se pasa una noche pensando que es la última? ¿Cómo habrá sido estar de imaginaria con mucho más frío que este que ahora siento, con esa oscuridad que se traga los rostros, con esas rocas que amplifican las voces? ¿Cuánto se habrá divertido este viento endemoniado trayéndole ruidos a los centinelas, sin permitirles discernir si los gritos que escuchaban eran amigables o letales?
Ahora yo también escucho voces. Primero se mezclan con las
de mi hermano, que me dice que hay que volver, con los gritos de los ex
combatientes platenses, que todavía se siguen haciendo bromas, con las instrucciones
de algunos ingleses que llegaron al lugar después de nosotros.
Pero mezcladas entre las ráfagas del viento que sopla desde
el mar, llegan órdenes, saludos y despedidas. De entre las rocas, de los antiguos
pozos aplastados, emergen figuras harapientas que se acomodan en silencio junto
a sus posiciones, para hacer de centinelas un día más. Escucho risas. Son
apenas bosquejos de personas, dibujos al carbón, pero son inconfundibles. Son
los fantasmas de Malvinas, que montan guardia y esperan.
Entre las rocas del Longdon hay muchísimas esquirlas.
Hierros que en vida, flamígeros e hirvientes, buscaron carnes y cuerpos para
hacer su obra. Hoy yacen oxidados e inofensivos, pero sus bordes aún filosos,
sus cortes angulados los revelan como diseñados para el mal. La dureza del
bombardeo también se puede medir por las cantidades enormes de esos trocitos de
metal que hay por los cerros.
Hay numerosas supersticiones que unen a las ánimas con el
hierro. En muchos lugares del mundo son un talismán contra las sombras y las
brujas. Un clavo de hierro bajo el colchón de un recién nacido es una seguridad
con respecto a que tendrá buena salud; y una o varias llaves de hierro no
deberían faltarle a ningún enfermo que busque mejorar su condición.
El metal de las armas y las azadas, de los clavos de los
ataúdes y las llaves de las prisiones es el mejor amuleto para mantener
alejados a los fantasmas, que deben buscar otros sitios no vedados.
Los sueños de sus padres, hermanos, amigos. Las calles y las
plazas del país que los envió a combatir y a morir.
Por eso siguen aquí. Hay demasiado hierro en el Longdon como
para que los muertos descansen en paz.
Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes. Federico Lorenz.
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